palabra de honor

12 junio 2010

A CIEGAS

Filed under: Intriga,Reflexiones — palabradehonor @ 1:36 pm

Mi hermano y yo estamos encerrados en una galería y no podemos salir. Es una de esas que se construyeron bajo el Guadarrama durante la Guerra Civil. Víctor el Gazapo, el Patas y Daniel, el de la Felisa, se han marchado corriendo y nos han dejado solos cuando llevábamos algo más de diez minutos andando hacia el interior.

 Ante la sorpresa inicial de que me dejaran acompañar a mi hermano en su prueba de iniciación (insistieron en que se trajera al ciego), me he distraído durante el recorrido y he perdido la cuenta de los cambios de dirección.

—¡A ver si él puede sacarte de aquí! —le gritó Víctor el Gazapo a mi hermano, mientras el sonido de sus pasos se perdía entre esta doble oscuridad.

Oscuridad en la que mi hermano es ahora el único ciego. Llevamos un buen rato perdidos y su respiración se va acelerando cada metro que avanzamos.  Después de la última vuelta por la galería, hemos ido a parar al mismo punto en el que estuvimos hace apenas un rato. Él, a pesar de ser tres años mayor que yo, me ha dejado toda la responsabilidad.

—Vamos, Manuel, que tú estás acostumbrado a las tinieblas, sácanos de aquí.

Su voz tiembla y las palabras parecen perder el equilibrio cuando me habla. Como cuando Daniel, el de la Felisa, cazó un pardal y le ató una cuerda a una de sus patas, y el canto del pajarillo se iba volviendo más débil según intentaba escapar.

Le apoyo la palma de mi mano sobre su hombro derecho, intentando calmar esas sacudidas que da de vez en cuando.

—Tranquilo, saldremos de aquí —le prometo.

Cuando estás acostumbrado a la ausencia de luz, que te encierren en una cueva no resulta una gran faena. Sólo me molesta ese olor ácido, como de azufre, que se me mete en la cabeza y no me deja pensar con claridad.

—¡Ves! Ahora a la derecha —le digo al reconocer un saliente en la pared por dónde antes nos equivocamos.

Voy leyendo la superficie de la roca, y compruebo poco a poco como varía la rugosidad en algunas zonas. Estoy bastante entrenado reconociendo cambios en las piedras. Cuando todos andan atareados en el campo, y yo ya he terminado mi labor (bobadas por las que mi madre se justifica para no dejarme solo en la casa) me encaramo a las peñas y voy palpando los cambios del liquen que las recubre.

—¿Falta mucho?

—Ya queda menos.

Intento recordar. Recto, como cien pasos, izquierda, izquierda otra vez, seguir de frente… y ahí perdí la cuenta por lo que intentar hacerlo al revés está resultando bastante difícil. Nos detenemos un momento.

—¿Te acuerdas de cuando me encerraste en el pajar del abuelo?

—Sí, eras bien chico aún.

—Y conseguí salir por una ventana.

—Sí.

—Pues hoy también lo haré.

Lo cierto es que me da miedo no poder sacarle de aquí. Cuando me pongo nervioso intento visualizar lo que quiero. Como hago siempre desde que aquél camión lanzara mi bicicleta despedida en el camino que cruza el collado. En este momento imagino con todas mis fuerzas la entrada de la cueva y cómo los rayos del sol comienzan a curtir mi piel.

—¿Vamos bien?

—Sí, paciencia hermano.

—No consigo ver nada.

—Es lo que tiene estar en una cueva.

Le siento más cerca que nunca de mi. El sudor resbala entre su palma y la mía. Como el unto del tocino en pleno estío. Un sudor que nada tiene qué ver con el de cuando la Adela me coge de la mano en nuestros paseos junto al cadozo grande.

Me echo mano al bolsillo para secarme con un pañuelo y entonces encuentro un par de caramelos que se escondían al fondo.

—¿Qué tienes ahí?

—Anda, toma uno de éstos —le digo dándole uno de ellos. A ver si se calma.

—Si padre te viera ahora mismo, estaría orgulloso de ti.

—Padre siempre pensó que yo sería una carga para todos.

Al decir esto el recuerdo de su llanto lánguido junto a la alacena viene a mi memoria, justo al poco de regresar del hospital de provincia.

—No digas eso, padre te quería con locura.

Pensar en todo ello me revuelve por dentro. Mastico el caramelo y un gusto a café se expande por toda mi boca. Avanzo con paso firme.

—Creo que estamos cerca. —sigo hurgando en el muro hasta que este termina— ahora a la derecha.

—Espera… se ve algo al fondo. ¡Luz, Manuel, Luz! ¡Estamos salvados!

Ahora es él quien toma la delantera. Me toma de nuevo de la mano, y caminamos a buen ritmo; me resulta difícil no tropezar. Me aprieta con fuerza, y desde este punto puedo sentir ya el aroma de la jara y el brezo.

—Lo conseguimos, Manuel, somos libres.

Tomo una bocanada y siento el aire nuevo entrando por mis pulmones.

—Ya eres uno de los suyos, hermano.

—¿De los suyos? ¡Se van a enterar esos tres tarambanas cuando les coja!

—Vámonos a casa, anda. Ya tendrás tiempo de ajustarles las cuentas.

Cogemos el sendero que lleva, ladera abajo, hasta el pueblo. Tengo ganas de llegar. Allí dejaré de sentirme, por fin, ajeno a lo que me rodea, y poder nuevamente recorrer la memoria de los caminos que me conducen hasta dónde quiero llegar.

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9 junio 2010

TU PIEL Y LA LLUVIA

Filed under: Amor — palabradehonor @ 10:23 pm

 ¿Qué se esconde bajo el manto de tu piel? Quizá en un día de lluvia como éste sea más fácil averiguarlo; me gustaría aprovechar para jugar con tu dermis maleable, y hacerme una funda para esos días en los que parece que el corazón se resfría.

                               Estoy seguro de que allí habita todo lo que necesito.

6 junio 2010

ELECTROSHOCK

Filed under: Uncategorized — palabradehonor @ 6:08 pm

El eco de las campanas rebota sin cesar en mi cabeza. Produce un dolor bronco, casi inhóspito. Apostado detrás de un muro, puedo ver un tren apunto de partir. 

No se ve a nadie en los alrededores, ni tengo indicios de dónde puedo estar. ¿Cómo he llegado hasta aquí? ¿Lograré ser uno de los pasajeros?

De repente el ruido cesa. No se escucha sonido alguno, o quizá ahora sea incapaz de percibirlo. Tengo frío y ganas de vomitar. Para cuando la locomotora comienza a tomar fuerza, todo me da vueltas. Sé que tengo que subir a ese tren. Me arrastro torpemente hasta el andén; va a ser difícil alcanzarlo.

Entonces te veo por una de las ventanillas. Un pequeño impulso me hace ponerme en pie. Me tambaleo. Avanzo hacia ti. Quiero limpiarte esa lágrima antes de que se fugue para siempre. Me pongo a correr; siento la cabeza estallar. Estoy a un par de metros de la puerta. Reúno fuerzas y siento otro pequeño empuje con el que accedo, de un salto, al interior del vagón. Me desplomo.

Cuando me recupero, levanto la cabeza y te busco. Estás ahí, al otro lado de la ventanilla. Pero ya no hay trenes, ni miedo. Te veo entre un montón de cables, y tu sonrisa se revela como el mejor calmante para el dolor. Entonces, tranquilo, cierro los ojos para descansar un poco.

4 junio 2010

I WISH…

Filed under: Amor,Sueños — palabradehonor @ 4:39 pm

Ojalá pueda colmar todos y cada uno de tus sueños, y que nunca eches nada en falta.

2 junio 2010

FRÁGILES

Filed under: Reflexiones,Sueños — palabradehonor @ 9:25 am

Somos frágiles, es cierto; pero si no lo intentamos por miedo a rompernos, nos convertiremos en inútiles piezas de coleccionista.

24 mayo 2010

SÁLVESE QUIEN PUEDA

Filed under: Intriga — palabradehonor @ 8:17 am

Prefacio

Hágase notar al lector la autenticidad de esta historia, así como su acaecimiento simultáneo con otros protagonistas en varios puntos del globo.

Barcelona. Año 2033. 23:30 horas.

Tras cuatro días encerrados en aquel contenedor, algunos de los denominados elegidos comienzan a dar muestras de estar al borde del colapso. Si bien tiene unas medidas superiores a otros de los que se han encomendado para tal fin, sus 12’19 metros de largo por 2’44 de ancho y 2’59 de alto resultan insuficientes ya para el señor Dalmau y su esposa. El desasosiego de la mujer ha ido haciendo mella en su marido según avanzaban las jornadas y no se producía ningún cambio, o ni tan siquiera un indicio de que pudiera haberlo en las horas siguientes.

—Estoy cansada de las paredes de este sitio. Tanto rojo por todos lados me pone nerviosa y me produce dolor de cabeza.

—Aguanta un poco, ya queda menos.

—¿Cómo lo sabes? Lo mismo dijiste hace dos días y aquí seguimos metidos.

—Tranquila. Vendrán.

A pesar de la baja intensidad lumínica dentro del container, es evidente que la saturación de color en las paredes resulta molesta para sus ocho inquilinos. En el habitáculo no hay objeto alguno que rompa el dominio de esta tonalidad, con excepción del frío metálico de una estantería donde quedan cada vez menos raciones de comida; apenas tres o cuatro latas de conserva.

En una de las esquinas, un hombre termina de arropar a sus hijos con algunas de las pocas mantas de las que disponen.

—Y tú, ¿como aguantas todo esto sin inmutarte? —le pregunta éste a Ahmed.

—Oración da tranquilidad a mí.

—Pues me temo que no va a ser tu dios el que nos saque de aquí.

—Él protege a nosotros. A ti también.

—¡No! Joder, ¿oyes eso? Otra vez están aquí. Vas a tener que rezar un poco más alto.

En ese instante se escuchan una serie de golpes martilleando el techo del habitáculo que despiertan a los pequeños Joan  y Elisa.

—¡¡¡Papá!!!

La pequeña comienza a llorar con la cabeza apoyada sobre el pecho de su hermano,  rodeados ambos por los brazos de su padre, que aprieta los labios contra la frente de la niña, intentando calmar la tiritona.

El rumor de los bramidos  penetra  incesantemente en el contenedor durante unos quince minutos. Todos se amotinan ahora en el centro del mismo, donde acaso los impactos resultan un poco menos molestos. Cesan los lamentos pero nadie se mueve todavía. Cinco minutos después uno de ellos se incorpora.

—No aguanto más, voy a salir a ver qué hay ahí afuera —dice el joven Marc.

—¡Tu estás tonto chico!  Recuerda lo que nos dijeron: no salir bajo ningún concepto y aguantar hasta que nos pudieran recoger —le replica el señor Dalmau.

—¿Y quién te dice a ti que cumplirán su palabra, o que esas cosas no terminaran logrando entrar?

—La puerta solo se puede abrir por dentro y estos cacharros son más resistentes de lo que tú te crees.

—¡Qué no! Que voy a salir, cada vez se escuchan más y habrá un momento en que esto no aguante.

—¿Y cómo sabes que no te están esperando ahí afuera en silencio, aletargados?

—Mira, viejo, me asomo un poco y si veo que no hay nadie salgo.

—No se lo permitas Agustín —dice la Sra. Dalmau.

—Tú, tranquilízate, cariño.

—No seas imbécil, eso es demasiado arriesgado, podrían entrar y cogernos a todos. Piensa en los niños, imbécil —dice la chica, callada hasta entonces.

—¡Hombre! Habló la princesita, por fin se decidió a decir algo.

—Mira chaval no te doy lo que te mereces porque están mis hijos ahí. Te vas a sentar ahora mismo, ¿entendido?

—Calma, callad todos —grita Ahmed.

—Quizá podríamos alcanzar a ver algo por el agujero desde donde tiramos los excrementos —sugiere la joven.

—Imposible, apenas alcanzamos uno subido en otro para lanzarlos fuera —dice el Sr. Dalmau.

—¿Y si…? —comienza Marc mirando a los dos niños allí presentes.

—Ni de coña. Ni se te ocurra pensarlo; no voy a dejar que mis hijos vean lo que hay ahí fuera.

Dos horas más tarde el sueño ha vencido a todos los presente, excepto al Sr. Dalmau que cavila sobre cuanto tiempo podrán contenerse allí adentro, sin alimento y con el peligro acrecentándose por momentos. Entonces parece notar algo.

—Cariño, despierta…esto se mueve.

—¿Cómo? —dice su mujer aún entre sueños.

Un tirón seco sobresalta a todos.

—Coño, esto se mueve, son ellos… ¡estamos salvados! —grita Marc.

—No puede ser…habríamos oído el ruido de algún motor —dice la joven— nos están desplazando esas cosas de las que nos hablaron.

El padre abraza a sus hijos. Un gran estruendo hace que la única bombilla del contenedor se golpee y estalle. Ahora el efecto del rojo se va atenuando poco a poco y solo sobrevive en la retina de cada uno. El joven Marc, desesperado, va hacia la puerta, y aunque el padre suelta a sus hijos e intenta placarle, éste consigue abrir la puerta.

Una corriente de aire baja entonces la temperatura del contenedor estrepitosamente. El Sr. Dalmau sale lentamente con el joven y observa una sala inmensa, vacía, pintada de un indecoroso blanco. Al fondo hay una cristalera con las ventanas tintadas.

—No nos valen —dice un hombre al otro lado del vidrio.

—Tendremos que seguir buscando —le contesta alguien a su derecha. 

5 abril 2010

EL MULTIVERSO

Filed under: Amor — palabradehonor @ 1:25 pm

Existe un lugar donde, ahora mismo, irremediablemente…

…nuestras miradas se han cruzado por primera vez.

…dormimos abrazados.

…estamos descubriendo el sabor de nuestros besos.

…elegimos el menú.

…varias ciudades son el itinerario de un paseo nocturno.

…me miras con disimulo.

…nos despojamos de todo aquello que sobra.

…tiemblo al verte entrar por la puerta.

…estrenas mi anillo.

…nos emborrachamos.

…llevamos tres horas hablando sin parar.

…un olor evoca tu recuerdo.

…nos echamos la siesta en la playa.

…te desenredo el pelo.

…posas delante del Taj Mahal.

…cenamos pizza y cerveza a la intemperie.

…nos cruzamos sin conocernos.

…entras por la puerta de casa después de una jornada que se alargó.

…te presento a mis amigos.

…estamos repitiendo.

…descubro que me gustas más de lo que pensaba.

…hablas de mí.

…ríes con todas tus fuerzas.

…te beso en la espalda.

…es el día más feliz de nuestra vida (o uno de varios).

y un larguísimo etcétera.

Es nuestra particular teoría del Multiverso. Y sé que es real.

4 abril 2010

A

Filed under: Amor,Lenguaje,Reflexiones — palabradehonor @ 12:55 pm

Alada. Así apareces al anhelarte, amor; al abrazarnos. Ambiciono; aspiro avaro a aproximarme apenas algo. Así aparento acrecentarme. 

Acariciarnos. ¡Ah, adoro acariciarnos! Ante actos así apunto alto. Aunque ansío acumular abundante ámbar ajeno, apetece, además, agitar adentro arrebatos, afecto, apoyo, admiración.

Ahorcaste al abandono.

Aceleraste al ánimo.

Antes acaso arrinconaba algo. Ahora, atrevido, amo apasionadamente.

1 abril 2010

OTRO ESTILO

Filed under: Uncategorized — palabradehonor @ 7:25 pm

—¿Y qué tal fue todo? Superfiesta, ¿no?

—Bien, estuvo divertido.

—Pareces no decirlo muy convencida…

—Es que, tía, mi novio me ha regalado una sandwichera para mi cumpleaños.

—Tenías razón. Creo que estáis en un momento serio de la relación.

22 marzo 2010

QUE NO ME LLAMEN BLASFEMO

Filed under: Amor,Reflexiones,Sueños — palabradehonor @ 11:19 am

Desde que te conocí, creo en ti sobre todas las cosas.

Drawing of a girl sitting on step

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