Cuando llegue el canto frío
avivemos las caricias,
releguemos la desidia
hacia el fondo del olvido;
inundemos las aceras
con semillas incendiarias
limonadas y cobrizas,
refulgentes de sinceras.
Cuando llegue el canto frío
acompáñame hasta Marte
que quererte se hace corto,
y aún me siento caminante;
mi mochila bien repleta
de quisieras y de puedos,
Cuando llegue el canto frío
con arrojo aquí le espero.

Yo, que durante toda mi vida la había valorado tanto, sin darme cuenta la encontré mirando a través de tus ojos.

Tus ojos constreñidos, acuciantes, te alejaban de una realidad en forma de autodefinido en la que te hallabas presa.
Cavilaba sobre qué podía ser aquello que te atormentaba sobremanera. De qué tiovivo te habrías precipitado y cuáles habrían sido los daños colaterales tras haberte despeñado.
Aquellas marcas de desdicha al final resultaron ser hipermetropía. Y es que las cosas suelen ser más sencillas de lo que aparentan.
¿Cuál es la palabra más “fea” del diccionario? -fue la pregunta que formulamos hace unos días.
Pese la sorpresa generalizada, “Pero” con un 65% de los votos ha sido la ganadora.
¿El motivo? Que tras una bonita entrada suele ser la antesala desde la que te empujan a un sombrío precipicio.

Recién levantada, me observaste como no lo habías hecho hasta entonces.
Esa mañana estrenabas mirada y el mar fue testigo con su reflejo mudo de tu intermitente centelleo ocular.
Una luz salada invadía toda la habitación y la bañaba de plata azulina.
Seguimos hablando en silencio mientras el segundero esperaba que le sacaramos del coma inducido.
Y fue entonces cuando supe que ya no quería besar otros labios nunca más.

El problema es que no sé definirme. Tengo un poquito de él, un mucho de ti y un nada de ellos. Soy destello de los momentos compartidos pero resaca de la oscuridad desamparada. Tengo la fuerza del baobab y la fragilidad del peciolo otoñal. Soy tres puntos suspensivos en la brecha de mi razón. Acaezco, me evado, golpeo, acaricio. Te tomo prestadas tus manos de nácar para rallar sueños y almacenarlos en botes de leche en polvo (y en polvo de estrellas te convertirás), y es entonces cuando nos vamos de paseo sin movernos un ápice. Puedo tener esto y aquello o quedarme sin nada, lo mismo da. Sé lo que quiero. Puedo ser maquinista de sueños, pelele, deshollinador, cacharrero, directivo, desempleado, marinero o escultor de sonrisas. Finalmente me rindo y asumo esta pluralidad como parte integrante de un mismo ser.

- ¿Y no estás cansada de ser así siempre? -interrogó curiosa la Rosa.
- No es que sea de esta manera, son mis circunstancias -aclaró la Ortiga.

A pesar de tu carácter poco beligerante fuiste capaz de ensartarme el pecho con una de tus frases-lanza, y quedé postrado de rodillas, emanando gota a gota consonantes de vocablos como congoja, escalofrío o intimidación.
Te aproximabas con cierta parsimonia, se podría decir que incluso con una vanagloria que rechinaba ante mi pequeñez. Tú rubicunda y sombría. Yo frágil, encarnado. Y aun con esfuerzo, conseguí incorporarme cubriendo la herida con el dorso de mi mano.
Pero guardabas varias de tus palabras-daga que no dudaste en asestarme sin piedad. Caí. Ligero; volátil; mas aún vivo. Sin duda hubiera preferido que tu estoque fuera más certero, o en su defecto sufrir un pronto descabello que solventara esa trayectoria errática.
No quedaba otra que desangrarse paulatinamente, y vislumbrar como las vocales de mi torrente interior, lastimeras, coloreaban de grana el pavimento.

Apoyó con firmeza la taza en la mesa, fruto de la clarividencia que se había proyectado en su interior. Por fin, se había dado cuenta de todo lo que sentía, de que le amaba como sólo se puede amar vivaqueando en una noche estrellada; de que podía caminar a ciegas guiándose únicamente con el hálito invernal de sus entrañas; de que era posible crecer sin separarse ni un nanómetro del pavimento.
Y es que por primera vez en su mezquina existencia, era capaz de levar anclas y dejar atrás sus dudas; de arriesgar y enfrentarse cara a cara con aquello a lo que más temía. De luchar. Sabía que caminar en paralelo a la pata coja no estaba recomendado ni por las autoridades sanitarias, ni siquiera por el sentido común, pero había tomado una determinación y era la hora de seguirla hasta sus últimas consecuencias.

¿Cuándo aprenderás de una vez por todas que eres la persona más importante de tu vida?