Noventa y cinco años te dieron para mucho. Naciste el año en que el Titanic se hundió y presenciaste reinados, repúblicas, dos guerras mundiales (además de la nuestra), la posguerra, la dictadura, la llegada de la democracia, la europeización de España y hasta llegaste a la era digital, como si de un abuelo 2.0 se tratase.
Son muchos los recuerdos que guardo de todos aquellos años. El primero, o quizá el más intenso, son las noches bajo las estrellas en el corral, como sólo se podían ver lejos de Madrid, intentando descifrar constelaciones, y escuchando cómo recitabas El lobo y el perro flaco de Samaniego, que te pedía noche sí noche también.
Tampoco quiero que caigan en el olvido los innumerables paseos que dimos por aquellos caminos, en los que me enseñabas a saltar de una a otra cortina, tus historias sobre el tiempo que estuviste en el Sahara, y algunas nociones de agricultura y carpintería que no llegue a aprovechar del todo.
Recuerdo las partidas de brisca, con tus cartas marcadas, tu genio, tu afición por el cerdo, y la sorpresa cuando comprobabas como evolucionaba el mundo.
Aprendí mucho de ti, de tus aciertos y errores. De lazos familiares y el porqué de algunas cosas. En ocasiones pensar hacia atrás te ayuda a comprender el presente.
Ahora son otros tiempos. Parece que ya haya pasado mucho, y me siento un poco ajeno a aquellos caminos y lugares; aunque en la memoria siempre quedará un huequito para esos tiempos. Tiempos de un chico junto a su abuelo.